En su columna de El País titulada "Crisis de desaparecidos: tomárselo en serio", Vanessa Romero Rocha pretende vendernos una visión pasteurizada de la crisis de desaparecidos, como si se tratara de un malentendido técnico remediable con buena fe y un poco de orden. Pero el asunto no es tan inocente: desde 2006 y hasta 2018, Andrés Manuel López Obrador, Morena y sus acólitos convirtieron esta tragedia en un arma electoral, instrumentalizándola sin pudor para escalar al poder con narrativas de "guerra sucia" y culpas ajenas. Una vez en el Palacio, el mismo AMLO, su gobierno y sus fieles optaron por esquivarla con excusas risibles como "cuidar la investidura", minimizando cifras y prometiendo reportes y resultados que nunca llegaron.
Vanessa Romero
Rocha arranca su columna con homeopática de indulgencia: "Dosis iguales de
buena voluntad y de falta de método construyeron una base de datos sin
orden". Esto no es análisis, es maquillaje descarado para blanquear al
sexenio pasado, el de AMLO, cuando las desapariciones se dispararon como nunca
—de 26 mil casos acumulados en 2018 a más de 110 mil al cierre de su mandato,
según datos oficiales del RNPDNO que ella misma cita indirectamente. Esa
"falta de método" no fue torpeza casual, sino un diseño meticuloso
para diluir la magnitud real del problema y postergar investigaciones reales. Hablar
de "buena voluntad" cuando es evidente la negligencia sistemática es
el mismo truco obradorista de siempre: santificar cada torpeza, vileza o calculada maniobra del
"movimiento transformador" mientras se demoniza cualquier crítica
como "traición a la patria".
Pretende Romero Rocha que la furia ciudadana que acusa al Estado de "rasurar, borrar o desaparecer personas para ajustar cifras", carece de "sustento y claridad técnica". Aquí va lo que pide: el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), creado en 2018 bajo supervisión de la CNDH y nutrido con datos retroactivos, alcanzó 132,534 entradas al marzo de 2026, según la propia presentación de Sheinbaum. De ellas, 46,742 (35%) son irreales por datos vagos o duplicados, y 40,308 (30%) corresponden a personas con huellas vitales posteriores (matrimonios, altas en SAT, INE, nóminas públicas, incluso vacunas COVID). Esto no es "depuración técnica": es purga selectiva sin cruces interoperables previos entre bases fragmentadas (INEGI, SEGOB, SSA), lo que viola el artículo 84 de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada, que obliga a verificación exhaustiva antes de cualquier baja. Solo 43,128 casos (33%) quedan "activos" sin rastro, pero ni siquiera ahí hay avance: menos de 3,000 con carpetas de investigación, pese a datos viables. La opacidad en el proceso sin auditoría independiente ni publicación de metodología completa hasta la fecha da sustento técnico a sospechar manipulación, no "seriedad".
Tomarse en
serio la crisis de desaparecidos exige rechazar narrativas que perdonan lo
imperdonable y exigen pureza a las víctimas indignadas. Romero Rocha no analiza;
milita sirviendo de eco al obradorismo con la misma devoción que sus
predecesores usaron esta tragedia para ascender. El País, por su parte,
decepciona al dar tribuna a columnistas que priorizan la lealtad ideológica
sobre el rigor, convirtiendo su espacio en panfletario en vez de plataforma
crítica. La seriedad verdadera empieza por admitir que el infierno no se
pavimenta solo con intenciones, sino con impunidad consentida.
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