martes, 14 de abril de 2026

De la denuncia al control: la degradación del principio democrático

El ascenso político de Andrés Manuel López Obrador se sostuvo sobre una crítica sistemática al poder: denunció la parcialidad del Ejecutivo, la corrupción electoral y el sometimiento de las instituciones a intereses partidistas. Esa narrativa alimentó una expectativa de transformación ética y política; un cambio de régimen que sustituyera la manipulación por la legitimidad. Pero una vez en el poder, la práctica desmintió el discurso. Hoy, tanto López Obrador como Claudia Sheinbaum reproducen —con mayor sofisticación institucional— los mismos patrones que alguna vez condenaron.

El fenómeno puede observarse en tres planos: la comunicación, el ejercicio del gobierno y la reconfiguración institucional. En materia de comunicación, la conferencia presidencial transformó la función informativa en propaganda política. No se trata solo de una violación al principio de imparcialidad, sino de una distorsión del espacio público: el Ejecutivo se erige como juez y parte, amplificando su narrativa mediante recursos del Estado mientras descalifica a opositores, medios y órganos autónomos. El lenguaje de “pueblo contra conservadores” sustituye el debate racional por una lógica de fidelidades morales, anulando el pluralismo.

En el terreno del poder político, la frontera entre gobierno y partido ha prácticamente desaparecido. Programas sociales, giras oficiales y plataformas institucionales son utilizados con un propósito electoral que, aunque a menudo se reviste de legalidad, vulnera el espíritu democrático. La intervención presidencial en comicios locales, y más recientemente, el respaldo explícito a la candidatura oficialista, demuestran que el Ejecutivo actual ha convertido la neutralidad en una ficción conveniente.

El tercer plano es el más grave: el intento de controlar el árbitro electoral. El Instituto Nacional Electoral, que surgió de un consenso multipartidista para garantizar elecciones auténticas, enfrenta ahora un proceso de captura institucional. El reemplazo de consejeros técnicos por perfiles abiertamente leales al gobierno destruye el principio de independencia y coloca al sistema electoral en riesgo de subordinación política. Paradójicamente, quienes exigían un INE autónomo son hoy quienes buscan someterlo.

Esa contradicción revela el fondo moral del problema. El lopezobradorismo no anuló la cultura política del viejo régimen; la internalizó. Reemplazó al “sistema” que tanto decía combatir, no por una ética nueva, sino por una lealtad distinta. La transformación prometida terminó siendo una regresión más sofisticada, donde el discurso moral sirve para justificar la concentración de poder.

La paradoja final es que el proyecto que nació denunciando la impunidad se convirtió en su nuevo custodio. Así, la democracia mexicana enfrenta hoy su prueba más seria: no la del fraude abierto, sino la de la erosión disfrazada de legitimidad popular.


miércoles, 8 de abril de 2026

Crisis de desaparecidos: los hechos que México no puede seguir negando

 El rechazo del Gobierno mexicano al informe del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU genera desconcierto generalizado, junto con críticas que Vanessa justifica como malentendidos. Ese enojo colectivo merece respuesta directa.

Para aclarar el problema central, empezaré descartando lo que no explica su defensa del gobierno actual. Vanessa afirma que Andrés Manuel López Obrador institucionalizó la búsqueda de desaparecidos al crear la Comisión Nacional de Búsqueda y poner en marcha el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. Esto es falso: ambas surgieron de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada, aprobada en 2017 durante el sexenio de Peña Nieto y vigente desde 2018. AMLO las operativizó en 2019, pero el marco legal ya existía, igual que un registro previo desde 2012. Insistir en que "solo entonces comenzó el esfuerzo" ignora la presión social post-Ayotzinapa que obligó a ese andamiaje, con fiscalías especializadas y comisiones estatales incluidas.

Vanessa afirma que la Cuarta Transformación trajo un ánimo único para fortalecer el marco institucional y normativo de la crisis. Esto no se sostiene. La ley de 2017 y sus reformas iniciales sentaron las bases; la 4T las amplió con presupuestos mayores, pero sin resultados a la altura: 72 mil restos sin identificar al final del sexenio pasado y miles de fosas nuevas. El Comité de la ONU elogia ese marco jurídico como ejemplo regional, sin atribuirlo solo a AMLO o Sheinbaum; reconoce la estructura desde 2017 y la apertura internacional que Peña Nieto promovió.

Vanessa coincide en que el Comité liga el alza de desapariciones a la guerra contra el narco desde 2006 con Calderón, y admite que los casos clave ocurrieron mayormente bajo Calderón y Peña Nieto. Las cifras lo confirman: alrededor de 17 mil a 26 mil casos en Calderón, 33 mil a 40 mil en Peña, pero un récord de 44 mil a 54 mil bajo AMLO. El Comité no limita el pico a sexenios previos; cita también eventos recientes como Tala y Teuchitlán en Jalisco. Negarlo es manipular datos para eximir al obradorismo.

Vanessa argumenta que el foco del rechazo oficial radica en "aquiescencia". Según el derecho internacional, incluye cuando grupos criminales actúan con apoyo u omisión estatal, no solo privaciones directas por autoridades. Sin embargo, los simpatizantes de AMLO no vacilaron en aplicarlo antes. En Ayotzinapa bajo Peña, con #FueElEstado, denunciaban complicidad sistemática como desaparición forzada. Ahora dicen que es solo "ineficacia". El Comité desarma esa defensa al afirmar en su conclusión 118 que no hay indicios de política federal deliberada u omisión, abarcando los sexenios de Calderón, Peña y AMLO por igual.

México argumenta ante el Comité que la negligencia no equivale a complicidad, y tiene base para ello. Pero la 4T prometió cambios radicales, recortó mecanismos independientes y dejó un desastre forense peor, con impunidad por encima del 95 por ciento. Vanessa admite que sin resultados las intenciones se desvanecen ante la realidad cruda, pero pasa por alto que esa realidad empeoró bajo su defendida 4T: más casos pese a más recursos.

Cierro reconociendo lo que ella evade: las víctimas no miden el dolor por sexenios. Calderón desató la crisis, Peña no la contuvo, AMLO y Sheinbaum la inflaron con retórica hueca. Rechazar el informe no aclara sino que oculta fracasos compartidos que exigen acción real, no narrativas selectivas

miércoles, 1 de abril de 2026

Crisis de desaparecidos: desenmascarando la hipocresía obradorista

En su columna de El País titulada "Crisis de desaparecidos: tomárselo en serio", Vanessa Romero Rocha pretende vendernos una visión pasteurizada de la crisis de desaparecidos, como si se tratara de un malentendido técnico remediable con buena fe y un poco de orden. Pero el asunto no es tan inocente: desde 2006 y hasta 2018, Andrés Manuel López Obrador, Morena y sus acólitos convirtieron esta tragedia en un arma electoral, instrumentalizándola sin pudor para escalar al poder con narrativas de "guerra sucia" y culpas ajenas. Una vez en el Palacio, el mismo AMLO, su gobierno y sus fieles optaron por esquivarla con excusas risibles como "cuidar la investidura", minimizando cifras y prometiendo reportes y resultados que nunca llegaron.

Vanessa Romero Rocha arranca su columna con homeopática de indulgencia: "Dosis iguales de buena voluntad y de falta de método construyeron una base de datos sin orden". Esto no es análisis, es maquillaje descarado para blanquear al sexenio pasado, el de AMLO, cuando las desapariciones se dispararon como nunca —de 26 mil casos acumulados en 2018 a más de 110 mil al cierre de su mandato, según datos oficiales del RNPDNO que ella misma cita indirectamente. Esa "falta de método" no fue torpeza casual, sino un diseño meticuloso para diluir la magnitud real del problema y postergar investigaciones reales. Hablar de "buena voluntad" cuando es evidente la negligencia sistemática es el mismo truco obradorista de siempre: santificar cada torpeza, vileza o calculada maniobra del "movimiento transformador" mientras se demoniza cualquier crítica como "traición a la patria".

Pretende Romero Rocha que la furia ciudadana que acusa al Estado de "rasurar, borrar o desaparecer personas para ajustar cifras", carece de "sustento y claridad técnica". Aquí va lo que pide: el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), creado en 2018 bajo supervisión de la CNDH y nutrido con datos retroactivos, alcanzó 132,534 entradas al marzo de 2026, según la propia presentación de Sheinbaum. De ellas, 46,742 (35%) son irreales por datos vagos o duplicados, y 40,308 (30%) corresponden a personas con huellas vitales posteriores (matrimonios, altas en SAT, INE, nóminas públicas, incluso vacunas COVID). Esto no es "depuración técnica": es purga selectiva sin cruces interoperables previos entre bases fragmentadas (INEGI, SEGOB, SSA), lo que viola el artículo 84 de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada, que obliga a verificación exhaustiva antes de cualquier baja. Solo 43,128 casos (33%) quedan "activos" sin rastro, pero ni siquiera ahí hay avance: menos de 3,000 con carpetas de investigación, pese a datos viables. La opacidad en el proceso sin auditoría independiente ni publicación de metodología completa hasta la fecha da sustento técnico a sospechar manipulación, no "seriedad".

Tomarse en serio la crisis de desaparecidos exige rechazar narrativas que perdonan lo imperdonable y exigen pureza a las víctimas indignadas. Romero Rocha no analiza; milita sirviendo de eco al obradorismo con la misma devoción que sus predecesores usaron esta tragedia para ascender. El País, por su parte, decepciona al dar tribuna a columnistas que priorizan la lealtad ideológica sobre el rigor, convirtiendo su espacio en panfletario en vez de plataforma crítica. La seriedad verdadera empieza por admitir que el infierno no se pavimenta solo con intenciones, sino con impunidad consentida.