El Instituto Nacional Electoral acaba de estrenar una nueva especialidad: la semiótica del agravio. Con la “Variable 14”, el INE no solo contará segundos de aire y menciones a candidatos; ahora se propone descifrar, con la precisión de un lingüista del Siglo de Oro, cuándo un conductor de radio o televisión está siendo “irónico” o “sarcástico” al hablar de precandidatos y candidatos. En otras palabras, el organismo que debe garantizar equidad en la contienda se ha convertido en crítico literario de la descalificación indirecta.
La metodología aprobada para el Proceso Electoral Federal 2026‑2027 ordena registrar expresiones que, sin ser agresiones explícitas, transmitan descalificación, menosprecio o cuestionamiento de forma indirecta. Ahí caben, según el propio texto, la ironía, el sarcasmo, la minimización de logros, la infantilización y hasta ciertas asociaciones negativas por identidad. El monitoreo abarcará cientos de espacios de radio y televisión; los resultados se publicarán cada 15 días y, aunque el INE insiste en que es un ejercicio estadístico y no sancionador, deja una sensación incómoda: en México, ahora hay un árbitro electoral con lupa para el tono de voz, la mueca y el doble sentido.
Lo curioso es que esta minuciosidad no se aplica a todos los escenarios donde se construye la contienda. Las conferencias matutinas de la Presidencia, por ejemplo, quedan fuera de este escrutinio. Desde los tiempos de Andrés Manuel López Obrador, la “mañanera” fue escuela avanzada de ironía y sarcasmo aplicado a la política: apodos, comparaciones burlescas, “pobrecitos” dichos con una sonrisa, y la clásica fórmula de “no los voy a mencionar, pero ya saben quiénes son” para asegurar que todo el mundo supiera exactamente de quién se hablaba. En ese espacio, el sarcasmo no fue un riesgo para la equidad; fue un recurso de comunicación de Estado.
Con Claudia Sheinbaum, el formato se mantiene y el tono se ajusta, pero la dinámica de fondo no cambia: la tribuna oficial sigue siendo el lugar donde se marcan líneas, se descalifica sin nombrar y se instala el relato del día. Sin embargo, según el nuevo diseño del INE, ese tipo de recursos no entra en el catálogo de monitoreo de “mecanismos discursivos indirectos de descalificación”. La lógica parece ser la siguiente: si un periodista en un noticiero de radio o TV dice, con una ceja levantada, que cierto proyecto es “el más transparente de la historia”, eso podría ser codificado como ironía descalificatoria; si la misma frase se pronuncia en la tribuna presidencial, es simplemente “información al pueblo”.
Mientras el INE perfecciona su capacidad para detectar matices del discurso en medios concesionados, hay otro tipo de actividades que avanzan sin mayor sobresalto: las asambleas y “recorridos informativos” que Morena ha desplegado en todo el país bajo el lema de la “defensa de la soberanía nacional”. Según notas de prensa, el partido oficialista convocó más de 200 asambleas simultáneas en los 32 estados, con el argumento de combatir la “campaña de desinformación de la derecha nacional e internacional” y fortalecer la organización territorial. En el papel, son encuentros informativos; en la práctica, son actos de partido con estructura, logística y narrativa típicas de precampaña.proyectopuente.com+2
Los medios han señalado que estas asambleas, aunque se presentan como defensa de la soberanía, se usan para promocionar al partido rumbo a las elecciones de 2027, cuando se elegirán 17 gubernaturas, 500 diputaciones federales y cientos de cargos locales. Dirigentes estatales y municipales encabezan los actos; se habla de “revolución de las conciencias”, de “unidad del movimiento” y de respaldo al proyecto de la presidenta. En cualquier manual básico de derecho electoral, esto tiene todos los ingredientes de una campaña anticipada: estructura territorial, mensaje unificado, activación de militancia y proyección de figuras que muy probablemente serán candidatas.
Sin embargo, el INE y el TEPJF, tan diligentes para exigir a los partidos que no usen recursos públicos en propaganda electoral, parecen tener una vista más cansada cuando la actividad se llama “asamblea informativa” y se ampara en la soberanía. El TEPJF, en su momento, fue claro al señalar que no toda actividad partidista es campaña, pero también estableció que, cuando hay proselitismo, promoción de imágenes y mensajes orientados a obtener el voto, debe tratarse como tal. En la práctica, la línea se ha vuelto porosa: lo que para un partido opositor sería investigado como precampaña irregular, para el partido en el gobierno es “defensa de la transformación”
Así llegamos al panorama actual: el INE afinando el oído para captar ironías y sarcasmos en noticiarios de radio y TV, con una Variable 14 que obliga a justificar por escrito por qué cierta frase es descalificatoria; y, al mismo tiempo, un régimen que multiplica asambleas “informativas” en todo el país, con discursos de soberanía que funcionan como plataforma de lanzamiento de los futuros candidatos de 2027. La equidad, en este esquema, se parece mucho a esa vieja broma: “todos son iguales ante la ley, pero algunos más iguales que otros”.
No es necesario ser especialista en derecho electoral para ver la asimetría. Si el objetivo real fuera proteger la competencia y evitar la descalificación, el monitoreo debería ser coherente con los espacios donde realmente se construye la ventaja competitiva: la tribuna oficial, las giras con recursos de gobierno y las actividades partidistas que, bajo el disfraz de “información”, son campañas en regla. En cambio, el enfoque actual sugiere otra prioridad: vigilar el tono de los críticos en los medios, mientras se tolera que el oficialismo use la estructura del Estado y del partido para ir tomando la delantera.
Al final, la imagen que queda es casi poética: el INE, como un profesor de literatura obsesionado con las figuras retóricas, subrayando con rojo las ironías y los sarcasmos en los noticiarios; y, en el fondo del salón, el régimen dando clase de soberanía con micrófono, logística y militancia, mientras repite que todo es “informativo”. Si la democracia fuera un examen, sospechamos quién estaría revisando la ortografía y quién, mientras tanto, ya está escribiendo la respuesta en el pizarrón.