Siento que hay una tendencia que se repite con preocupante regularidad: cuando una mujer comete un acto de extrema violencia contra sus propios hijos, rápidamente aparecen explicaciones que invocan hormonas, cambios de humor, inestabilidad emocional o “el peso de la maternidad”. Estas explicaciones no siempre se ofrecen con la misma urgencia ni con el mismo peso cuando el autor es un hombre.
El caso reciente de Lindsay Clancy en Massachusetts, y otros filicidios protagonizados por madres, han vuelto a poner sobre la mesa este patrón. No se trata de negar que existen trastornos mentales reales y graves; la psicosis posparto, aunque rara, está documentada. Se trata de observar con honestidad cómo se aplica el argumento.
Durante décadas, las mujeres lucharon contra precisamente este tipo de razonamiento. Se les decía que no podían ocupar cargos de responsabilidad, que no eran aptas para la política, que no debían acceder a determinadas profesiones porque “las hormonas” o “la emocionalidad” las volvían impredecibles. Ese argumento fue combatido con razón: se trataba de una forma de negar la agencia moral y la capacidad plena de las mujeres. Hoy, cuando el mismo tipo de explicación se usa para atenuar o justificar la muerte de niños a manos de sus madres, se produce un efecto inverso y profundamente dañino. Se les regresa, de manera selectiva, a esa condición de sujetos cuya responsabilidad puede ser relativizada.
El contraste con otros casos es revelador. En el reciente escándalo de los llamados “Cornell 7”, no se observa una masa significativa de voces ni masculinas ni femeninas haciendo malabares intelectuales para atenuar, contextualizar o justificar los hechos. No aparecen argumentos sobre “testosterona”, “presión de grupo” o “juventud” como factores eximentes. La reacción dominante es de condena. Esa asimetría no es neutral. Refleja una disposición cultural a tratar la violencia de las mujeres con mayor indulgencia explicativa que la de los hombres.
Esto no es empatía. Es paternalismo. Y el paternalismo, aunque se presente con buenas intenciones, termina por minar el principio más básico de la igualdad: que las personas adultas son responsables de sus actos, independientemente de su sexo.
La justicia no puede funcionar con dos reglas distintas según el género del autor. Si se acepta que un trastorno mental grave puede afectar la responsabilidad penal, debe aceptarse con los mismos criterios estrictos para hombres y mujeres. Pero convertir “las hormonas” o “la desestabilidad emocional” en un comodín cultural aplicable preferentemente a las mujeres es un deservicio a la causa de la igualdad. Es, en la práctica, volver a tratar a las mujeres como seres cuya agencia moral es discutible.
Las mujeres no necesitan que se les excuse. Necesitan que se les tome en serio. Y tomarlas en serio implica reconocerles la misma capacidad de bien y de mal que se reconoce a cualquier otro ser humano.